CORTES DE PALLÁS

El municipio de Cortes de Pallás, uno de los más amplios de la provincia de Valencia, se ubica en tierras del interior; sirviendo de transición entre la costa mediterránea y la meseta castellana.

El pueblo de Cortes ocupa el centro de la parte final o meridional del Sistema Ibérico español, en el vasto territorio montañoso que se extiende entre el eje Buñol-Requena por el norte y Xàtiva-Almansa por el sur; complejo y abrupto macizo montaraz conocido cómo “Plataforma Geológica del Caroche”.

Paraje aislado y natural que corta por el centro el impresionante cañón encajonado del río Júcar (que nace en la provincia de Cuenca y desemboca en Cullera) y cuyas cimas, que llegan a alcanzar los mil metros de altitud sobre el nivel del mar, se deben a los plegamientos de tipo “Alpino” que tuvieron lugar durante la época Terciaria.

Ello da al pueblo de Cortes y a todo su término municipal unas características que hoy son óptimas para practicar el excursionismo, el senderismo y el turismo de naturaleza en general pero que, en el pasado, obligó a sus habitantes a trabajar duro para su supervivencia diaria.

El terreno es calcáreo o calizo en su parte superior, lo que propicia la formación de carbonatos cálcicos con las lluvias levantinas de primavera y -especialmente- otoño (“gota fría”); que configuran las múltiples cuevas, sumideros y corrientes subterráneas que luego se traducen en numerosos y frescos manantiales y fuentes. Por ello mismo es rocoso y fracturable, presentando un paisaje geológico de cortados, cintos y muelas de gran espectacularidad; sobre el que brota un denso bosque mediterráneo de pinos y carrascas, con un sotobosque de matorral espeso y variado conocido como “maquis”.

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Cortes de Pallás es un lugar ubicado entre montañas, por lo tanto lo que más hay en él son piedras; es decir, rocas. Sus peñascos se deben a que ocupa el centro del Sistema Ibérico; en su parte Sur o final. Una alineación montañosa, de tipo alpino (como los Alpes); que se formó en la época geológica Terciaria. Debido ello (millones de años por medio…) al movimiento de las placas tectónicas o fracturas del subsuelo y por hallarse en el borde mismo de la Meseta.

Los fenómenos de la Naturaleza, en especial las lluvias (torrenteras, en el Levante), se encargaron de ir deformando la superficie de las montañas y labrando vaguadas, barrancos y ríos; que en esta zona llegan a ser profundos cañones. La naturaleza del terreno es calcárea o caliza, debido al alto componte de calcio en su estructura. Que, al disolverse fácilmente con las aguas, forma sumideros, cuevas y canales subterráneos; lo que se traduce, luego, en abundantes fuentes y en maravillosas estalactitas y estalagmitas en las cavidades (“Cueva de Don Juan”, “Cueva Hermosa”…). Y debajo de esta capa caliza, cuando queda desventrada, por la erosión de las aguas y el viento sobre los “anticlinales” plegados o lomos montañosos, afloran en terrenos medios las llamadas arcillas y yesos (“del Keuper”); que consisten en terrenos áridos y esteparios, pero muy llamativos por sus tierras en colores casi de arco iris; rojos, amarillos, verdosos…

Pero…, ¿por qué vivimos, entonces, entre estas “peligrosas” peñas”. Lo hacemos desde hace miles de años y tenemos constancia de ello desde los diez mil años últimos, aproximadamente. Cuando nuestros antepasados dejaron en las paredes pinturas con escenas de cazadores-recolectores y de animales salvajes (“Cueva de La Araña”, “Abrigo de las Montesas”…). Para ellos, los roquedales altos eran ideales para vigilar y para defenderse. Las grutas eran magníficas para vivir. Los barrancos y ríos, maravillosos para encontrar alimento vegetal y animal. Nuestros antepasados más autóctonos de hace unos dos mil quinientos años, los íberos, eligieron peñascosidades para establecer las primeras aldeas fijas: el Aligustre (El Oro), La Muralla y Pileta (Cortes), Chirel y Sierra Martés (en el término) y diversos puntos en las aldeas (Castilblanques…).

En la época de los romanos, hace poco menos de dos milenios, parece ser que nuestro territorio abrupto y difícil les interesó a los más agropecuarios; pues La Muela era un buen lugar para adentrarse a cazar especies que ellos han compuesto en muchas imágenes de sus mosaicos: aves grandes, jabalíes, venados…y, en las partes más hondas y de terrenos más blandos, estuvieron encantados de plantar viñas y olivos; cuya producción, en sus villas rústicas (El Ral…), era envasada en grandes ánforas, como la localizada por José Luis Chapí.

Pero quizás hayan sido los musulmanes los que más han querido y disfrutado de nuestras montañas, cortados y barrancos. Con sus amplios ganados, con sus huertas abancaladas tras un trabajo primoroso, con sus múltiples acequias y albercas. Ellos fueron también los que, al establecerse como población en el emplazamiento que aún nosotros disfrutamos (y que tenía dos castillos defensivos: Pileta y Ruaya), eligieron colocarse lejos de las caídas de los peñascos de La Cortada y se adaptaron a las paredes verticales del territorio circundante con buenas sendas en zigzag (Gollerón de la Cortada, Sácaras, Otonel, Francho…). Es más, su castillo más precioso -el de Chirel, que luego reconstruyeron los cristianos está sobre un peñasco espectacular y la otra fortaleza del municipio, Otonel, se ubica en un aldea morisca a la que había que llegar tras pasar por debajo de los más espectaculares bancos de rocas de Cortes; los que amenazaban, y al final cayeron, el estrecho camino por la Cueva de las Gotas y la Cuesta Blanca.

Antes de que las aguas llenaran el cañón del Júcar, tuve ocasión de bajar varias veces hasta el fondo del valle; donde pervivían restos (machones) de los viejos puentes medievales. Hechos por cortesanos que se daban perfecta cuenta del peligro que suponían las rocas y sus desprendimientos y que, por ello, eligieron para cruzar el curso hidrológico la zona del gran Chorrador; que movía los molinos históricos. Fue en los años 30 del siglo pasado, previos a la Guerra Civil, cuando los expertos e ingenieros empezaron a torcer la “baraka” (suerte, baraja) musulmana y decidieron desplazarse aguas abajo para construir el nuevo puente de hormigón armado y dos arcos; cuya imagen, de una foto que le proporcioné a Tomás Juan, regaló como calendario la “Horchatería Lolita” en unas Navidades.

A DISFRUTAR

Como todos los pueblos de vida agropecuaria, Cortes de Pallás tiene adaptadas sus fiestas y celebraciones al calendario de la actividad agrícola; compaginándolas con cada memorable efeméride de la tradición cultural cristiana, así: Reyes Magos, San Antonio, flores de mayo, Semana Santa, Virgen de Agosto, Santa Cecilia, San Isidro, El Pilar, Todos los Santos, Navidad…

Bien que, habiéndose perdido las tradicionales siega y trilla, no es ahora preciso aguardar al final de las cosechas tanto como atender a las visitas de los veraneantes e hijos retornados a la casa de los padres por vacaciones. Por ello, su máximo de conmemoraciones tienen lugar en la semana del día 15 de Agosto; en honor -con misa mayor- a la Virgen de los Ángeles, patrona de la población.

Es con este motivo por lo que se organiza la Comisión de Fiestas, de jóvenes voluntarios cortesanos (con el apoyo del Ayuntamiento), y se imprime y distribuye un colorista Programa de actividades. Con la peculiaridad de que incluye las fiestas, particulares, de cada una de las siete aldeas del término.</p